Editorial del SeÑor Obispo
Issue 01 | January & February 2009
n el corazón de toda parroquia, y en realidad, la razón principal de su existencia, es la celebración de la Eucaristía todos los domingos y aun diariamente durante la semana. No nos reunimos simplemente para cantar; no nos reunimos simplemente para escuchar un sermón; no nos reunimos para sentirnos bien en compañía con nuestros vecinos y los demás; no nos reunimos para proveer a nuestros niños con un lugar donde jugar basketball, futbol o baseball.; no nos reunimos para darle a Dios una hora de nuestra semana o 30 minutos de nuestro día. Aunque todas estas cosas por las que nos reunimos no son malas, y realmente muchas de ellas son parte de lo que significa el reunirse para la Eucaristía, en realidad nos reunimos para compartir la pasión y la muerte de Jesucristo y para darle la bienvenida en nuestros propios cuerpos por el tiempo en que podamos estar en comunión con El.
Nos encontramos también en comunión con otros cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía y nos ofrecemos para ser transformados, cambiados, de una vida espiritual aislada a ser miembros enriquecidos de una comunidad creyente que no pueden tener suficiente de la presencia de Cristo en el sacramento y también en el uno con el otro.
Por esta razón es que todo el tiempo que le demos a Cristo en el sacramento de la Eucaristía debería ser marcado por un número de cosas que tristemente no se encuentran siempre en todas las celebraciones de la Misa: Deberíamos estar concentrados y en paz, listos para escuchar Su palabra y entrar en su presencia. Si tenemos nuestra mente fija solo en que “debemos terminar pronto y salir de aquí” le prestamos muy poca atención al Señor y a la Misa, orando y cantando solo cuando nos dirigen a hacerlo.
Muchos católicos no han sido servidos en forma correcta con misas apresuradas, reflexiones y homilías cortas que se conocen más por su brevedad que por su contenido, y por haber elegido el lugar donde sentarse sólo con la idea de irse temprano y no quedarse hasta que la Misa haya terminado.
Durante este año cuando celebramos el tema “Nutridos” como parte de esta reflexión que durará tres años, acerca del regalo de Cristo en la Eucaristía, es el tiempo perfecto para preguntarnos algunas cosas importantes: ¿Por qué voy a Misa? ¿Qué es lo que me llevo con migo de la Misa? ¿Qué es lo que yo ofrezco a la comunidad en la Misa?
El peso de la reflexión no es solamente para los que participan de la Misa, sino también para nosotros, los que tenemos el privilegio de celebrar la Eucaristías, de presidir en cada liturgia eucarística. Mi padre me recordaba del dicho que dice “familiaridad puede crear irreverencia” y aunque no conozco a ningún sacerdote que tenga irreverencia por una buena liturgia, todos nosotros en un momento u otro de nuestras vidas hemos participado de una liturgia la cual fue celebrada por un sacerdote que aparentaba hacerlo en forma mecánica. Es muy difícil ser nutridos con una experiencia como esta.
Así que este año, en ambos lados del altar nos enfocaremos en qué es lo que hace que las celebraciones eucarísticas sean buenas. Ya que es Cristo mismo quien esta presente en cada Misa, Él se merece nuestros mejores hábitos de mente, cuerpo y alma. Si nosotros mismos estamos familiarizados con y buscamos una buena liturgia, lo sabremos cuando lo experimentemos.
También lo sabemos cuando no la encontramos y nos deja un vacío en nuestros corazones y en nuestras mentes.
Mi oración es que de dentro de un año, todos podamos decir que nuestra experiencia de la Eucaristía está mejorando de acuerdo a nuestras propias expectativas y las ofrendas al trabajo. Hablando por mi mismo, se que de vez en cuando necesito un “afinamiento” litúrgico, y un “mecánico” litúrgico necesita evaluar mis celebraciones. Es tan fácil que cosas de las que no nos damos cuentas se muevan sigilosamente. O quizás tomamos decisiones y creemos conocer mejor que la Iglesia en lo que debería o no suceder en la Misa.
La Eucaristía está bien arraigada en el corazón de nuestra fe Católica y no deberíamos interferir con ella. Esta le pertenece a la Iglesia.
Cada vez que entramos plenamente en este misterio inmensurable, experimentamos lo que significa ser verdaderamente nutridos por ella. Esa es la labor del segundo año, lo que nos desafía a aquellos de nosotros que dirigimos la celebración y a aquellos que están invitados a tener una plena y más activa participación.
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